Eso fue motivo de jolgorio, claro. Faltaba más, los chetumaleños no somos de hierro, también tenemos sentimientos. Que nuestras autoridades a veces lo soslayen, es otra cosa.
El anuncio ameritaba los aplausos, pese a que el servicio estará a prueba un mes apenas, tiempo que los concesionarios concedieron para constatar qué tan productivo es para sus bolsillos el proyecto.
Y hete aquí que viene el diablo y mete la cola.
De pronto un regidor panista asoma las narices y se atribuye en cierta forma el mérito del suceso.
Se fotografió con el rostro radiante en los autobuses y lo subió a sus redes sociales en cuyos comentarios no le fue tan bien que digamos.
¿Qué pitos toca el regidor en este asunto?.
Al parecer, ninguno. Lo más razonable es imaginar que dicho personaje hizo el pudor a un lado y se coló a la fiesta.
El problema es que no hubo quién dijera con pelos y señales que ese cristiano no tenía vela en el entierro. Nadie alertó que era un intruso que saludaba con sombrero ajeno. Raro en la presidenta municipal que de todo arma bulla.
Quedó entonces cierta duda flotando en el ambiente.
Cuando ciertas gentes hacen de la desfachatez una cualidad, eso, aunque parezca chiste, les granjea cierta dosis de simpatía entre sus fans, entre quienes no cuentan con el “atributo” de poner cara de listo y aparecerte en una pachanga en donde no has sido invitado. Caray, llegan de “colados” a la pachanga y hasta bailan con la quinceañera. Eso es tener “concha”, dirían en el barrio.
De ahí la importancia de que fuentes oficiales aclararen las cosas, de que le digan al pan, pan, y al vino, vino.
Ya es célebre en la comarca el descaro de algunos de sus políticos, que no se detienen ante nada cuando pueden sacar raja de cuanto acontecimiento se les presente en el camino.
(Crédito de fotografía a quién corresponda).

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